Action cognitive et formation du lien social: vers une réévaluation de la technique

Véronique Havelange

[en: La cognition entre individu et societé. ARCo'2001. Paris: Lavoisier, 2001. Pgs. 13-45]

 

ACCIÓN COGNITIVA Y FORMACIÓN DEL VÍNCULO SOCIAL

HACIA UN REVALORIZACIÓN DE LA TÉCNICA

Traducción de Juan Magariños de Morentin


 

[14]* 1. El problema (de una ciencia) de la mente.

Feudo indiscutido, durante largo tiempo, de la filosofía, el problema de la mente pudo ser asumido por una investigación de tipo científico desde que las ciencias humanas y sociales vieron la luz a fines del siglo XVIII. Dos paradigmas rivales dominaron estas disciplinas: la explicación naturalista de lo mental y la comprensión hermenéutica del sentido. Lejos de estar embotado, este debate redobla su agudeza en la actualidad: las ciencias cognitivas, nacidas en la segunda mitad del siglo XX, se presentan como la forma contemporánea de la explicación naturalista en las ciencias de la mente.

Este texto tiende a trazar un estado crítico de ese debate, a fin de hacer explícitos los postulados y las premisas subyacentes. Pero también quiere tematizar los parentescos desconocidos que, poco a poco, han conducido a una convergencia de los dos paradigmas. En efecto, las iniciales ciencias cognitivas fisicalistas o funcionalistas han integrado progresivamente una dimensión hermenéutica; y, recíprocamente, una reflexión intensa acerca de la acción y sus condiciones ha suscitado la elaboración, por parte de las ciencias humanas y sociales hermenéuticas, de un concepto de cognición renovado.

Los conceptos de naturaleza relacional de lo social y de doble hermenéutica aparecerán, más abajo, como entidades claves de este proceso de aproximación entre los enfoques naturalista y hermenéutico de la mente. Mostraré, no obstante, que estos conceptos requieren completarse incorporando el tema de la mediación técnica de la acción cognitiva y de las estructuras sociales. Desarrollaré para ello la noción de hermenéutica material, tomando en cuenta el hecho de que los artefactos técnicos, simultáneamente, hacen posible y restringen el actuar humano en sociedad, atribuyéndole una base material a la indivisibilidad de los procesos de subjetivación y de formación del vínculo social.

 

1.1. Los paradigmas de la explicación y de la comprensión.

¿Qué se entiende por conocer? ¿Qué significa la palabra mente?

En una primera aproximación, conocer (del latín cognoscere) consiste en tener presente en la mente (à l'esprit) un objeto real o verdadero. Se observará, por una parte, que las dos nociones se definen reenviando circularmente la una a la otra y que, por otra parte, conocer implica que se piense al objeto de manera legítima, verídica, por contraste con el objeto de la creencia que no implica necesariamente la idea de verdad. Estas preguntas están en el centro de la filosofía desde Sócrates y Platón y han sido reivindicadas desde hace dos siglos como objetos de pleno derecho por las ciencias humanas y sociales1. Conviene, no obstante, observar inicialmente que los términos utilizados en las diferentes lenguas para designar la mente están cargado de orientaciones conceptuales muy diferentes, cuyas implicaciones no siempre se tienen en cuenta. [15] Así, el inglés mind (intelecto, inteligencia) y el alemán Geist (alma, aliento, principio de vida) reenvían a diferentes tradiciones de pensamiento, incluso opuestas. Por ello, no hay de qué asombrarse de que estas orientaciones filosóficas se reflejen en modos divergentes de enfocar la construcción de una ciencia de la mente.

El origen histórico de esta divergencia se remonta al siglo XVIII, cuando Vico introdujo, por primera vez, la idea de una demarcación precisa entre las ciencias naturales y las ciencias humanas2.  A fines del siglo XIX, en el contexto del "conflicto de método" alemán (Methodenstreite), cuando la herencia kantiana de la Crítica de la facultad de juzgar (Kant 1790) suscitaba vivas reacciones contra el naturalismo y el positivismo inglés3, se elevó al rango de oposición sistemática por numerosos autores, de los cuales el más importante fue Dilthey (Dilthey 1883, 1900). Animó, en la primera mitad del siglo XX, la controversia que opuso el Círculo de Viena a la Escuela de Francfort (Adorno, Popper et al. 1979).

Esta oposición se puede formular en los términos siguientes.

Por un lado, el paradigma naturalista adopta un punto de vista externo en tercera persona, con el objetivo de elaborar una explicación (erklären) de los hechos. Considera que la ciencia se unifica por su método y que las ciencias del hombre y de la mente (mind) deben adoptar los mismos métodos que las ciencias matematizadas de la naturaleza, en especial la explicación por leyes causales tal como se utiliza en física.

Por el contrario, el paradigma hermenéutico reposa sobre un método de comprensión cualitativo y de interpretación del sentido. Adopta, ya sea un punto de vista psicológico, con la finalidad de comprender (verstehen) la acción, los motivos y las intenciones del actor mediante la empatía, ya sea un punto de vista lingüístico y gramatical que busca interpretar (deuten) los textos y otras expresiones simbólicas en cuanto rastros objetivos y públicos. El paradigma hermenéutico, elaborado por primera vez como una doctrina general de la interpretación por Schleiermacher a comienzos del siglo XIX (Schleiermacher 1819), fundamenta el proyecto de los Geisteswissenschaften al que Dilthey formuló canónicamente (Dilthey 1883, 1900, 1907-1910). Con una fuerte presencia en la actualidad, en las [16] ciencias humanas y sociales continentales, afirma claramente la autonomía epistemológica de los Geisteswissenschaften con relación a las ciencias naturales (Apel 1967, von Wright 1971, Outhwaite 1975).

La frontera entre las dos categorías de ciencias, naturales o humanas, no apunta, en principio, a la diferencia de los objetos que estudia, sino a la divergencia de los puntos de vista que adoptan: mientras las ciencias de la naturaleza aplican una aprensión externa, las ciencias humanas despliegan una apercepción interna. El "mismo" objeto (la mente, por ejemplo) puede estudiarse tanto desde una perspectiva explicativa como desde un punto de vista hermenéutico4. El término francés sprit (mente) no da cuenta de la diferencia entre esos dos enfoques de la ciencia del conocer, en la medida en que traduce tanto al alemán Geist como al inglés mind. Por una parte, la palabra Geist, que sostiene el proyecto de los Geisteswissenschaften hermenéuticos, proviene de la filosofía idealista germánica. Por otra parte, el término mind se inscribe en la filosofía empirista anglosajona que sostiene la empresa científica orientada hacia una explicación naturalista del comportamiento cognitivo: en ella se originan las ciencias cognitivas, que son la forma contemporánea del paradigma naturalista. Lo que está en juego en esta perspectiva es dar cuenta del comportamiento cognitivo por medio de leyes causales, reducibles en principio a l física. No es por azar que las ciencias cognitivas se exhiben como el proyecto de "naturalizar la mente".

 

1.2. Más allá de la oposición entre naturalización e interpretación.

Es esencial constatar la distinción entre la explicación naturalista del comportamiento cognitivo y el acceso hermenéutico al sentido. No obstante, estos dos paradigmas también están habitados por parientes desconocidos que, desde hace poco, salen a la luz y permiten suponer que  se orientan hacia un acercamiento. En efecto, favorecidas por la renovación de vitalidad de la hermenéutica en la segunda mitad del siglo XX y por la declinación del cognitivismo computo-representacional en los años 1980, las ciencias cognitivas contemporáneas se desplazan poco a poco de sus orígenes estrictamente naturalistas hacia una asimilación de la perspectiva hermenéutica. Por una parte, en el seno de las ciencias cognitivas, se han dirigido críticas cada vez más apremiantes al funcionalismo computo-representacional: el problema de la interpretación de los estados mentales por el propio sistema cognitivo se hizo cada vez más agudo y condujo a una concepción de la cognición como acción dinámica replegada sobre la percepción y productora del Umvelt (mundo propio, medioambiente), cuya sede es el organismo viviente es su actividad permanente de producción material de sí mismo. Por otra parte, se ha identificado a la hermenéutica no sólo en el gesto metodológico de las ciencias humanas y [17] sociales, sino como dimensión constitutiva de la actividad práctica de los miembros comunes de la sociedad humana en su vida cotidfiana5.

En este proceso de convergencia entre los paradigmas naturalista y hermenéutico, la conceptualización de la acción juega un papel recurrente y preponderante. La acción constituye, en efecto, uno de los motivos claves en la investigación acerca de una articulación entre explicar y comprender, así como entre lo individual y lo social.6  Y así como las ciencias cognitivas se encuentran renovadas por esta conceptualización de los vínculos íntimos entre la cognición y la acción, el reconocimiento de la dimensión cognitiva de la acción conduce a un renovación de las ciencias humanas y sociales hermenéutica (Havelange 1998).

 

1.3. El proyecto de naturalización de la mente y las ciencias cognitivas clásicas

Las ciencias cognitiva, salidas de la cibernética de los años 1940, irrumpieron en el escenario científico, presentándose como la solución al recurrente problema del estudio naturalista de la mente. En los Primeros principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza, Kant había decretado la imposibilidad de una ciencia natural de la mente (Kant 1786): los procesos mentales, en efecto, se dan en un sentido interno que se despliega en el tiempo. En la medida en que la explicación científica requiere que su objeto se dé en el espacio y sea aprehendido por un sentido externo, los procesos mentales, reputados subjetivos, estuvieron largo tiempo excluidos de su campo. Por contraste con las tentativas anteriores, las ciencias cognitivas se apoyaron sobre dos elementos inéditos:

-la extensión de la noción de mente (mind) de la epistemología al conocimiento ordinario, asimismo extendida de la esfera humana al registro animal. La actualización del viejo término inglés cognition, salido del latín cognitio, designa esta extensión semántica: la mente no es sólo instrumento de la investigación científica, se convierte también en objeto de investigación (Gardner 1985).

-la asimilación de la mente a una máquina, lógica primero (la máquina de Turing), material después (la computadora). Este punto es capital, porque un algoritmo informático espacializa efectivamente los procesos temporales de cálculo.

Las ciencias cognitivas clásicas se apoyan sobre dos postulados principales, las tesis de la computación y de la representación:

[18] -la cognición consiste en manipulaciones automáticas, exclusivamente sobre el aspecto formal de los símbolos físicamente implantados en el nivel material de la máquina (computación);

-estos símbolos reenvían sin embargo, desde un punto de vista semántico, a estados mentales que consisten en representaciones adecuadas de los objetos y propiedades del mundo exterior según una correspondencia bi-unívoca (representación).

De estas dos tesis resulta directamente que a la computadora se la considera como el modelo prototípico de la cognición humana, que es por tanto una "máquina que piensa". También se sigue que la cognición humana se ubica en un "lenguaje del pensamiento" (Fodor 1975) o "mentalese" (Pykyshyn 1984) de naturaleza esencialmente idéntica a los lenguajes formales de programación de informática.

Cualquiera sea el substrato material de la computación, se considera que las leyes de su funcionamiento permanecen idénticas y definen un nivel mental independiente: tal es la tesis del funcionalismo, central en las ciencias cognitivas cómputo-representacionales (que convendremos en denominar en adelante cognitivistas). Aunque se presente claramente como ciencia natural, el cognitivismo clásico no es reduccionista en el sentido, en el sentido fuerte del fisicalismo, ya que afirma que existen entidades, los estados mentales, que no son estrictamente reducibles a estados físicos. Diferentes estados mentales corresponden siempre a estados físicos diferentes, pero la inversa no es cierta: varios estados físicos diferentes pueden concretar un estado mental, y la base de esta síntesis categorial de los estados físicos no es accesible a la física en cuanto tal.

Se concibe, por tanto, a la mente como un lenguaje formal espacializado en la computadora y, como se ha mencionado, y esto permite superar el veredicto negativo de Kant relativo a la posibilidad de una ciencia natural de la mente. Falta saber en qué sentido tal sistema puede llamarse cognitivo o, incluso, intencional, es decir que reenvía a otra cosa diferente de sí mismo. La conceptualización de la intencionalidad desarrollada por el funcionalismo cómputo-representacional consiste en aplicar a los estados mentales el análisis proposicional desarrollado por la filosofía analítica del lenguaje. la intencionalidad, eso por lo que los estados mentales están "a propósito de algo" (aboutness)7, en esta perspectiva se analiza en dos componentes:

-el contenido proposicional, que denota determinados aspectos del referente, o estado de cosas en el mundo8;

[19] -la actitud proposicional, creencia en sentido genérico (no solamente creer, sino también temer, querer, esperar...) mediante la cual el sistema cognitivo se vincula con estas representaciones o, incluso, las interpreta y les confiere una significación.

El cognitivismo recompone el estado mental bajo la forma canónica siguiente: "S cree que (P)", donde la relación del sistema cognitivo S con su representación, el contenido proposicional (P), está asegurada por una actitud proposicional del tipo "cree que". Por ejemplo, en el enunciado "Juan cree que Einstein es un gran físico", "Juan" designa el sistema cognitivo, "cree que" es la actitud proposicional y "Einstein es un gran físico" es el contenido proposicional. Este análisis, heredado de Russell, encuentra un lugar esencial en el cognitivismo; las actitudes proposicionales, en particular, juegan un papel crucial en cuanto que, sin ellas, el sistema no sería intencional. Un sistema no tendría derecho a ser calificado de cognitivo si no se recondujera a sus representaciones (Andler 1986, 1987).

Por tanto, el cognitivismo trata la intencionalidad mediante una doble actitud:

(1) internalizando el predicado de referencia, tal como lo proporciona la lógica formal, en una metateoría extendida a la cognición. Apunta a extender así la filosofía analítica del lenguaje a una "filosofía de la mente" (philosophy of mind);

(2) espacializando el esquema formalista gracias al soporte informático, estipulando expresamente que las representaciones sólo deben su papel causal en el comportamiento a su dimensión formal.

Las ciencias cognitivas clásicas ostentan una ventaja considerable respecto, por una parte, del sentido común y, por otra, de la cientificidad. Rechazando las ciencias humanas existentes, a las que consideran como teorías precientíficas, adoptan, sin embargo, un punto de vista no eliminacionista9 respecto de la folk psychology (psicología profana, del sentido común). Presentan, así, un atractivo que reside precisamente en el hecho de que proponen una explicación científica de los estados y procesos mentales, gracias a la identificación de la mente con la computadora, que no requiere el abandono de las creencias comunes. En la perspectiva de las ciencias cognitivas clásicas es posible proporcionar una explicación científica al hecho de que un agente cumpla tal o cual acción porque tiene tal o cual creencia. Las ciencias cognitivas clásicas permiten además establecer fuertes articulaciones interdisciplinarias entre la lógica, la psicología, la lingüística, la inteligencia artificial y las neurociencias, por nombrar sólo a estas disciplinas.

 

[20] 1.4. Los límites de las ciencias cognitivas clásicas

Pese a fuerza proposicional y la ventaja científica proporcionada por el postulado funcionalista (o sea, un naturalismo no eliminacionista), la teoría cómputo-representacional de la mente tropieza con problemas internos claramente señalados en la actualidad y formulados por una abundante literatura. Los llamo internos porque surgen en el seno del paradigma de las ciencias cognitivas clásicas y los formulan sus propios representantes. El caso de Putnam es revelador en este sentido: después de haberse iniciado en el cognitivismo ortodoxo, se convierte en uno de los expositores más críticos de las limitaciones y aporías del cognitivismo.

Los principales problemas encontrados por el cognitivismo apuntan al anclaje de los símbolos (Dreyfus 1972, Lakoff 1987), a la indeterminación del referente (Putnam 1981, 1988), al contexto (Shanon 1993, Rastier 1994) y a la intencionalidad que reduce a la intensionalidad lingüística (Dupuy 1994, Pacherie 1993 y 1995)10, con todas las dificultades que todo esto entraña.

Conviene señalar que, pese a estas dificultades, el cognitivismo está lejos de extinguirse. La forma principal que adopta en la actualidad consiste en juxtaponer el cómputo-representacionalismo y la sociolbiología neo-darwiniana. De aquí la noción de selección natural de las representaciones, cuyas variantes se identifican genéricamente en la literatura bajo la designación de "funcionalismos biológicos" o "biosemánticos" (Dretske 1988, Millikan 1984, 1989, 1991). Aunque estos autores consideran que superan el problema planteado, se ha visto que sólo contribuyen a agravarlo (Lenay 1993).

 

2. La conceptualización de la técnica, de la acción y de lo social en las ciencias cognitivas

Más allá de las dificultades internas que acabamos de mencionar, los ajustes recientes no resuelven determinados problemas que, aunque característicos de las ciencias cognitivas cómputo-representacionales en su conjunto, se los identifica muy raramente. El cognitivismo, basado sobre la noción de estado mental y de funcionalismo, implica en efecto una concepción intrínsecamente inmaterial y ahistórica de la cognición.

Frente a esto, en la actualidad es necesario y posible reintroducir las dimensiones técnica, social e histórica en la investigación cognitiva. Esto cuestiona el alineamiento de las ciencias cognitivas sobre las ciencias naturales en su tentativa de "naturalizar la mente" y reconduce a primer plano la tradición hermenéutica [21] de las ciencias humanas y sociales. Además, se arroja una nueva luz sobre las relaciones entre la psicología, la sociología y la historia: mientras que estas disciplinas se consideraban clásicamente disociadas (incluso rivales unas de otras), en al actualidad reconocen su mutua interdependencia, a la manera como la corriente positivista (Mauss 1924) y el enfoque fenomenológico (Merleau-Ponty 1951-1952) en las ciencias humanas y sociales habían tematizado en la primera mitad del siglo XX.

 

2.1 La técnica

Trabajos recientes han destacado la fuerte aporía en que incurre la metáfora de la computadora en las ciencias cognitivas cómputo-representacionales. Por un lado, el interés del postulado funcionalista consiste en permitir al cognitivismo rechazar vigorosamente al behaviorismo, proporcionándole el medio para restablecer un nivel mental independiente, al que identifica con las leyes funcionales. La idea de realizabilidad múltiple de las operaciones cognitivas conduce a considerar el soporte material y técnico de la cognición como neutro o indiferente. Por ejemplo, la función de multiplicación puede efectuarse por igual con la ayuda de un pedazo de tiza y un pizarrón o con un lápiz y una hoja de papel: la naturaleza fundamentalmente calculadora de la operación iguala los diferentes soportes y convierte en no pertinente el hecho de tomarlos en cuenta a nivel mental, que permanece idéntico cualquiera sea su implementación en un substrato orgánico o inerte.

Pero se ha demostrado que la premisa de esta concepción, a saber la posibilidad de una distinción neta entre lo lógico (software) y lo material (hardware) que permita delimitar claramente un nivel simbólico autónomo, es ilusoria: James Russell puso en evidencia que la vinculación entre lo lógico (el programa) y lo material (la máquina) es, en realidad, una relación de continuidad entre dos tipos de lenguaje, el lenguaje de programación y el código de la máquina, que corresponden a grados diferentes de compilación (Russell 1984: 87). El reverso de la medalla funcionalista consiste en que las ciencias cognitivas clásicas, al erigir a la computadora como modelo de la mente, excluyen el considerarla como soporte material particular de la actividad cognitiva y situarla en la problemática más amplia de los diversos soportes materiales y técnicos de la cognición. Ahora bien, la computadora posee propiedades muy particulares, entre las cuales figura en primer lugar su numericidad, que le confiere una dinámica original: la computadora simultáneamente confiere posibilidades específicas y dicta restricciones particulares a la actividad cognitiva. Visetti ha analizado la paradoja del cognitivismo al destacar las restricciones efectivas ejercidas por la exigencia aparentemente neutra del formato informático (Visetti 1995). Bachimont, al introducir los conceptos de razón computacional y de artefacto, propone además una inversión de perspectiva en relación al cognitivismo. Más que ver en las computadoras y en los sistemas de IA "máquinas que piensan" y que, de hecho, se considera que sustituyen a los agentes humanos, propone considerarlas como "máquinas de hacen pensar". Esta inversión le permite elaborar líneas de investigación efectivas para la realización de sistemas con base de conocimientos, que asuman explícitamente la dinámica del soporte informático, hasta en sus consecuencias para los usuarios (Bachimont 1992, 1996).

 

[22] 2.2. La acción

A partir de los elementos que acaban de mencionarse relativos a la concepción de la intencionalidad en el cognitivismo funcionalista, la cognición se identifica como un sistema lineal de tratamiento de la información, donde los "datos de los sentidos" (sense data) se consideran como una entrada, a la que siguen la percepción y el razonamiento, que desembocan finalmente en la acción, considerada como una salida. Se establece así la siguiente definición de la acción: un agente racional es un sistema que cumple determinadas acciones par alcanzar determinados fines y en función de determinadas creencias. Tomando un ejemplo banal, si tengo hambre y creo que hay alimentos en el refrigerador,  me dirigiré hacia él y lo abriré.

Esta definición requiere algunos comentarios. En principio, vincula la acción a las intenciones del agente, que las tiene presentes en la mente de modo explícito o, al menos, explicitable. Así, si se interroga a un agente humano sobre sus acciones, se considera que es capaz, en todo momento, de dar cuenta de ellas. Este punto establece una correlación estrecha entre el cognitivismo funcionalista y la teoría de la acción identificada en el cuadro de las ciencias sociales con la designación de teoría de la elección racional11. Sin embargo, como se vio antes, el cognitivismo estipula expresamente que las representaciones no deben su papel causal en el comportamiento cognitivo más que a su dimensión formal.

De este doble postulado resulta que el cognitivismo funcionalista suplanta la acción en beneficio de un cambio de representación o, más precisamente, del cambio de estatus intencional de una representación. Consideremos, por ejemplo, adoptando por un instante el estilo analítico, la siguiente secuencia de proposiciones:

(1) X desea darle placer a su mujer

(2) X cree que, si le ofrece flores, le dará placer a su mujer

(3) Por tanto X lo ofrece flores a su mujer

Puede parecer a primera vista que la acción esté perfectamente presente en el enunciado que formula el estado mental (3). No obstante, un examen más atento hace aparecer que esta secuencia implica otros dos enunciados:

(2') X decide ofrecer flores a su mujer

(3) X ofrece flores a su mujer

(4) X cree que le ha proporcionado placer a su mujer

La secuencia completa se puede analizar, por tanto, así: si un objetivo se define como la representación de un hecho todavía no verificado (es decir, que puede ser objeto de duda, de negación, de esperanza...) (enunciado (1)), y si una creencia consiste en la [23] representación de un hecho verificado (a saber, una creencia tenida por verdadera) (enunciado 4), la acción consiste en pasar de una representación no verificada a una representación verificada: el enunciado (4) reemplaza al enunciado (1). Pero entonces, la acción propiamente dicha se elide, se pone entre paréntesis, porque de hecho está vacía, es abstracta, formal. Para retomar la célebre crítica de Searle, la acción así concebida, hablando con precisión, no se ha efectuado12, sino solamente, se la ha representado. Podría decirse además que hay prescripción de la acción, pero no acción propiamente dicha: la efectividad de la acción no se toma en cuenta. Ésta es una consecuencia directa de las premisas del funcionalismo, ya que, para éste, lo que funciona materialmente no vale más que porque es el substrato de una operación formal sobre los símbolos13.

Estas limitaciones del cognitivismo clásico aparecen aun más claramente si se las compara con las perspectivas más recientes de la investigación en ciencias cognitivas, inspiradas en el enfoque hermenéutico. Más que examinar una secuencia lineal de tratamiento de la información en la que la percepción precede a l decisión de actuar, este enfoque alternativo concibe la acción anillada con la percepción, al tomar en consideración los efectos de retorno producidos por las acciones sobre las sensaciones. Desde este punto de vista, la acción no es una simple salida, es constitutiva de la propia percepción: formando un cierre dinámico permanente, la acción y la percepción son inseparables. Esta idea está estrechamente vinculada con la fenomenología de Husserl (1901), para quien la intencionalidad debe entenderse como acto relacional y no como estado mental. La noción de Ser-en-el-mundo desarrollada por Heidegger (1927) y Merleau-Ponty (1945) ha conferido un estatuto ontológico a este motivo hermenéutico (por contraste con su estatuto exclusivamente epistemológico y metodológico en los Geisteswissenschaften diltheynianos). Heredero de estos análisis fenomenológicos, el concepto de cierre sensorio-motriz introducido por Uexküll (1934) y Piaget (1945) condujo a importantes desarrollos en biología, etología y psicología.

En principio, este concepto permitió anclar una teoría alternativa de la cognición en la biología de los organismos vivientes. Desde esta perspectiva, la cognición aparece como la interpretación de su entorno por la cual el organismo hace emerger un Umwelt (es decir, su propio mundo vivido) por medio de sus acciones y percepciones encarnadas (von Uexküll 1934). Esta versión constructivista de las ciencias cognitivas, salida de los trabajos de Maturana y Varela (Maturana et Varela 1980, Varela 1989), sitúa las nociones de enacción (Varela, Thompson, Rosch 1991) y de interpretación (Clément, Scheps, Stewart, 1997; Stewart, Scheps, Clément, 1997) [24] en el corazón de un proyecto alternativo de "naturalización" de la mente. La cognición no es ya la representación de un estado de cosas dado previamente, referencial; consiste más bien en el "hacer ocurrir" permanente de un mundo inseparable de la acción situada del propio sujeto. Si bien puede ser objeto de ciertas reservas, en especial en la medida en que tiende a asimilar la noción de acción a la de motricidad (Salanskis 1996, 2000), este programa de investigación, tendiente a explorar en qué una actividad de interpretación es constitutiva de todos los organismos vivientes, presenta no obstante el gran interés de extender la problemática hermenéutica a las ciencias naturales biológicas.

Además, este enraizamiento de la cognición en las particularidades de cierres sensorio-motrices encarnados conduce a una tematización de los efectos de la exteriorización de los órganos sensorio-motrices bajo la forma de dispositivos técnicos humanos (Leroi-Gourhan 1964, 1965). Los artefactos técnicos aparecen siendo mucho más que simples medios instrumentales al servicio de fines preestablecidos; al mediatizar los cierres sensorio-motrices, se manifiestas constitutivos de la cognición antropológica (Bach-y-Rita 1972, 1982, 1994; Lenay, Canu, Villon 1997; Lenay, Hanneton, Gapenne 2000a; Lenay, Hanneton, Gapenne 2000b; O'Regan, Noë 2000; Lenay, Sebbah 2001) y de la memoria social en cuanto tal (Havelange, Lenay, Stewart 2001).

 

2.3. Lo social

Para tratar la dimensión social de la cognición, el cognitivismo retoma por su cargo el postulado del individualismo metodológico, salido de la filosofía moral y de la economía política de las Luces (Smith 11759, 1774; Ferguson 1767) y convertido en uno de los rasgos predominantes de la sociología moderna interpretativa (Weber 1922). El individualismo metodológico consta de tres axiomas: (1) al individuo singular se lo considera la unidad más elemental o atómica de la sociología; (2) a los hechos sociales se los considera como el resultado de la agregación, de la composición de comportamientos individuales; y (3) no pueden imputarse estamos mentales más que a los individuos y no a pretendido "sujetos" no individuales tales como el Estado, la Iglesia, las clases sociales, etc. (Boudon 1984, Havelange 1994).

El enfoque cognitivista en ciencias sociales consiste por tanto en postular que las culturas etán determinadas por las capacidades cognitivas universales y no a la inversa. El psicología, el "lenguaje del pensamiento" (Fodor) o "mentalese" (Pylyshyn) se define como vacío, privado y universal; esta tesis concuerda con la insistencia de Chomsky en la idea de que las "estructuras profundas" de la gramática son universales (Chomsky 1968). La forma fuerte de este postulado es la siguiente: las capacidades cognitivas del hombre por si solas determinan a priori la forma y el contenido de todas las culturas reales o posibles. El programa de investigación que de aquí se deriva consiste, en lugar de afirmar el origen social de las funciones cognitivas, en comprender las formaciones sociales por su origen cognitivo. En consecuencia, se considera a lo social como un conjunto de descubrimientos y de diferenciaciones producidos por un proceso cognitivo. Se tratan, por tanto, dos tipos de preguntas: ¿cómo, a partir de capacidades cognitivas individuales, se extienden las representaciones? ¿Y cómo estos procesos de difusión engendran las convenciones, normas y reglas sociales?

[25] En el cuadro del cognitivismo, Sperber exhibió la noción de "epidemiología de las representaciones" para edificar una teoría científica, por tanto materialista, de lo social (Sperber 1987). Tomando la defensa de un fisicalismo moderado y, por ello, del funcionalismo, explica la formación de lo social (al triple nivel de los mitos, de los rituales, que toma en cuanto actos del lenguaje, y de las instituciones) por el encadenamiento causal alternado de las representaciones privadas y de las representaciones públicas, respectivamente elaboradas como historias mentales y como relatos públicos.

Caracterizada por un rechazo de la noción de trascendencia de las estructuras sociales, este tipo de teoría tropieza no obstante con una cantidad de dificultades en cuanto se ve confrontada con la circularidad de la relación entre el agente individual y lo social, circularidad que le cuesta elaborar. Por esto el encuadre cognitivista estricto cede el paso a otros tipos de respuesta a la pregunta acerca de la difusión de las representaciones y la formación de las normas, reglas y convenciones a partir de los descubrimientos cognitivos. Aquí pueden distinguirse tres familias teóricas. Las tres provienen de la sistémica, en la que von Foerster se complacía en ver una cibernética de segundo orden.

El primer tipo de teoría se apoya sobre el concepto de auto-organización. Considera a lo social como un autómata natural capaz de engendrar las formas, las órdenes espontáneas que nadie ha querido y de las que nadie tiene el dominio. Este orden colectivo espontáneo surge a partir del "desorden" de agentes individuales. Sin embargo, a diferencia de las propiedades de un gas o de un líquido predichas por la mecánica estadística, estas teorías postulan una retroalimentación recursiva entre el nivel colectivo y el nivel de los agentes individuales "cognitivos", es decir dotados de representaciones y de intenciones. Este tipo de teoría utiliza modelos que describen la emergencia de propiedades auto-organizativas distribuidas en redes de agentes autónomos conectados entre sí (Archer 1990, Dupuy 1991, 1992a, 1992b, Koppel, Atlan, Dupuy 1991, Dumouchel 1992, Sperber 1996). Así, Dupuy desarrolla, siguiendo a Smith (1759, 1774) y a Hayek (1967, 1973, 1976, 1979), él mismo heredero de los Iluministas escoceses, la idea de un "individualismo metodológico complejo" tendiente a captar las "configuraciones y regularidades no intencionales que se encuentran en la sociedad humana y que la teoría social tiene como tarea el explicarlas" (Hayek 1967; citado por Dumouchel et Dupuy 1983: 375). En una línea análoga, Livet desarrolla la idea de que la formación de lo social reposa sobre el proceso de comunicación caracterizado por su indecidibilidad (Livet 1991).

Este primer tipo de teorías cognitivistas de lo social presenta dos características principales. En principio, la teoría de la acción racional cede el paso a una teoría de la racionalidad limitada que reajusta, pero no modifica radicalmente, la noción de agente racional14. Puede corregirse, más radicalmente, en beneficio de la noción de contagio de las representaciones bajo el efecto de la simpatía, definida por Dupuy como "operador de complejidad" (Dupuy 1992a). En consecuencia, la mayoría de estas teorías eliden la acción en su materialización, en beneficio de procesos [26] puramente representacionales15. En este sentido, las nociones de contagio, propagación, epidemiología, sostenidas por las de simpatía (Smith 1759), mimesis o especularidad (Girard 1982) pueden considerarse como equivalentes16. Además, estas teorías consideran a las órdenes espontáneas producidas por el sistema, pero no queridas por los agentes individuales, como los efectos de emergencia. De allí derivan las nociones de "comunidad virtual" en Livet (Livet 1994) o de "autotrascendencia" en Dupuy, entendida ésta como "comunicación entre elementos de una totalidad por la intermediación de esta totalidad considerada como trascendente" (Dupuy 1991, 1992). Se conjugan, por tanto, formalismos sistémicos y atención a los fenómenos de emergencia, para conducir a la consideración de los "procesos sin sujeto" (Dupuy 1994) que pretenden captar la mente (mind), incluso rehabilitar la noción de "representación colectiva" (Livet 1994), al eliminar sistemáticamente toda referencia a la subjetividad y a la realidad de lo social. Más precisamente, subjetividad y sociedad se captan de modo estrictamente nominalista, según el modo de atribución de intencionalidad por el observador, a la manera de la "postura intencional" de Dennett (1987 y 1991): lo social se auto-trasciende por el observador (Dupuy 1992b: 250)17  ; el colectivo es virtual: no existe más que a los ojos de un observador exterior (Livet 1994: 207). Por esto, la constitución ontológica de la sociedad se reabsorbe en la constitución epistemológica de las ciencias sociales18.

El segundo tipo de teoría es conocido con el nombre de "inteligencia distribuida". Considera que la instancia de la cognición se forma, no por individual aislados que poseen una representación explícita de sus intereses egoístas (agentes "cognitivos"), sino por agentes muy simples llamados "reactivos", que no son la sede de ningún deseo o intención y cuyo comportamiento se explica por su reacción comportamental a los rastros materiales depositados en el entorno por otros agentes. Rastros y reacciones a los rastros generan las estructuras y la organización colectivas. Las modificaciones del entorno son por ello tanto la memoria como el lugar de integración de las acciones de los agentes de la colectividad.

Estos modelos han encontrado un éxito destacable en la explicación de la emergencia de la "inteligencia de enjambre" de los insectos sociales en la construcción de pistas y de nidos y en la organización de su división colectiva de trabajo (Théraulaz et Spitz 1997, Théraulaz, Bonabeau, Deneubourg 1999); sus simulaciones informáticas sobre los sistemas multi-agentes presentan, además, el interés de mostrar la importancia de los rastros externos materiales (Lenay 1994a, 1994b). No obstante, estos sistemas multi-agentes [27] "reactivos" no pueden tomar en cuenta el nivel específicamente simbólico del lenguaje y no puede, por ello, considerarse como modelos de ka sociedad humana.

Un tercer tipo de enfoque cognitivo de lo social se apoya en la teoría de la autopoiesis (Maturana et Varela 1980), tal como la ha transportado Maturana a lo social (1980a, 1980b) y, más plenamente todavía, por Luhmann (Luhmann 1982, 1984, 1990) y Hejl (1982). Según Luhmann, para movilizar, en el estudio de lo social, la noción central de clausura operacional, es necesario considerar que los sistemas sociales se componen, no de agentes, sino de redes recursivamente cerradas de comunicaciones. Las componentes elementales de los sistemas jurídico, económico, político, etc., no son los individuos conscientes de sus acciones, sino la práctica de comunicaciones jurídicas, políticas, económicas, etc. La idea rectora es que las prácticas individuales de comunicación son efímeras, pero que el sistema funciona generando continuamente nuevas practicas. Cada uno de esos sistemas es cerrado, es decir que los acontecimientos externos al sistema específico pueden efectivamente perturbar su funcionamiento, pero no informarlo. Así, el sistema jurídico no considerará más que las comunicaciones jurídicas y no se comunicará en modo alguno con el sistema político, siendo rechazadas las comunicaciones políticas, en cuanto no jurídicas, y a la inversa; el sistema jurídico interpretará los acontecimientos económicos (por ejemplo, los beneficios y los costos financieros) como acontecimientos jurídicos (por ejemplo, diferenciando lo que es legal de lo que no lo es). De este modo, los sistemas coevolucionarán sin subordinarse uno a otro. Estos sistemas serían autopoiéticos en cuanto se reproducirían cada uno en circuito cerrado, reproduciendo únicamente los modos de organización (o sea, las comunicaciones) que los produjeron. esta teoría cognitiva de lo social rechaza, pues, radicalmente la noción de representación y el individualismo metodológico.

Para los defensores de la auto-organización de lo social mencionados antes, la crítica a que se prestan los trabajos de Luhmann es que sólo los agentes pueden  discriminar entre los sistemas autónomos, lo que implica que no se pueda prescindir de la noción de representación ni del individualismo metodológico. Desde una perspectiva completamente diferente, la de la hermenéutica crítica, Habermas, principal adversario de Luhmann en la escena sociológica alemana, subraya que la teoría autopoiética de lo social reduce a este último a las actuaciones autorreguladoras de sistemas cerrados, mientras que los procesos de socialización, en cuanto procesos de integración, implican sujetos activamente comprometidos en mundos vividos simbólicamente estructurados; una teoría satisfactoria de lo social debe, imperativamente, dar cuenta de estas dos dimensiones (Habermas 1981).

 

3. La conceptualización hermenéutica de la acción y de lo social

Fuera de la génesis inicial de la noción de cognición en el contexto del enfoque naturalista de la mente, la profundización de una reflexión sobre la acción y sus condiciones ha suscitado, desde el interior, la elaboración de un concepto renovado de cognición en las ciencias humanas y sociales hermenéuticas.

 

[28] 3.1. Reevaluación y renovación de la hermenéutica en los años 1950

En la segunda mitad del siglo XX, se asiste en Europa a una revitalización de la noción de verstehen por la hermenéutica fenomenológica y la teoría social postwittgensteiniana. En Alemania, Gadamer (1960) prolonga la "fenomenología hermenéutica" de Heidegger. En Inglaterra, Winch (1972) considera a la sociología como una filosofía, influenciado en esto directamente por el segundo Wittgenstein. En Francia, Ricoeur (1969) reaviva la hermenéutica en una obra que subraya el "conflicto de interpretaciones", que precedió algunos años a su ensayo sobre Freud (Ricoeur 1965). La influencia de Wittgenstein alcanzo también a los Estados Unidos, donde Garfinkel (1967) introdujo la idea de una etnometodología19.

Esta renovación de la hermenéutica presenta no obstante un contraste respecto a la hermenéutica clásica de Dilthey y Weber. Estos últimos consideraban al verstehen como un método: en otras palabras, le atribuían un estatuto puramente epistemológico. Por el contrario, los autores del siglo XX que hemos mencionado lo colocan en el fundamento de la constitución ontológica de la sociedad. La actividad de comprensión no es sólo la prerrogativa del investigador en ciencia social, sino, en principio y ante todo, la de los actores profanos: comprender, interpretar es para ellos un actividad de rutina mediante la cual, en su vida cotidiana, constituyen la sociedad. Esta aprehensión ontológica del Verstehen, salido de Heidegger (1927: 7 y 32) y en la cual pudo verse con razón un "giro cognitivo", entraña para estos autores la presencia de cinco temas:

- la importancia de la acción humana en la teoría sociológica;

- la reflexividad, entendida como control racional de su conducta por los agentes;

- la localización temporal y contextual de la acción (la metacomunicación y la indexicalidad en etnometodología, el círculo hermenéutico en fenomenología hermenéutica);

- el lenguaje, considerado como medio de la actividad práctica. El lenguaje ordinario no puede ignorarse en beneficio de un metalenguaje técnico completamente diferenciado que lo "purificaría" de su confusión y sus ambigüedades;

- la comprensión tácita o "dado por adquirido".

Estos temas han sido elaborados en especial por la etnometodología (Garfinkel 1967, Goffman 1959, 1963, 1972, 1974, Turner 1974, Centro de Estudios de los Movimientos Sociales 1985) y alimentaron directamente las corriente de la investigación contemporánea en "sociología cognitiva" (Cicourel 1972) y en "cognición situada" (Suchman 1987, Lave 1988, Norman 1988, Conein et Jacopin 1994, Hutchins 1995). El movimiento de la cognición situada trata, además, de extender el concepto de interacción y, a tal efecto, atribuye una importancia privilegiada a las relaciones de los actores con el espacio y a la manipulación de los objetos. Tomados en conjunto, [29] estos nuevos movimientos se presentan como una corrección hermenéutica de las ciencias cognitivas cómputo-representacionales20.

Esta forma renovada de la hermenéutica representa, evidentemente, una ruptura radical respecto del individualismo metodológico. En el segundo Wittgenstein especialmente, se considera al lenguaje como esencialmente social y público (lo que contrasta con el "lenguaje privado" del pensamiento, en Fodor). También instaura una ruptura en relación al subjetivismo que caracterizaba la fase anterior, "trascendental" de la fenomenología. Posee, no obstante, sus propias limitaciones,  las que me referiré a continuación.

 

3.2. Los límites de la hermenéutica

Se lo formule desde la psicología o a partir de un registro interpretativo, el paradigma hermenéutico presenta (hasta su recaptura por la sociología cognitiva y los trabajos sobre la cognición situada) una determinada cantidad de limitaciones que derivan de una captación idéntica de las reglas, las normas, los valores... como un dato. Corresponde comentar tres puntos principales.

En principio, estas dos variantes encuentran la misma dificultad para dar cuenta de la diversificación de los intereses en la sociedad y de los orígenes de las transformaciones históricas de las normas, valores, etc. institucionalizados, precisamente en la medida en que los toman como un dato.

Además, dado que consideran a la acción como derivación lógica de las intenciones y motivaciones, no llegan a distinguir entre las normas como constitutivas de un espacio social de interacción (por ejemplo, la prohibición de vender productos descompuestos) y las normas como moralidad, que pueden enfrentar los intereses racionales del agente en su conducta. Winch (1972), por ejemplo, asimila la conducta significante a una conducta dirigida por reglas. La fenomenología hermenéutica y la filosofía social poswittgensteiniana fracasa, por ello, en reconocer que los normas o reglas sociales son susceptibles de interpretaciones diferentes y que una interpretación diferencial de los "mismos" sistemas de ideas subyace en el corazón de luchas fundadas en la división de intereses (por ejemplo, las luchas entre católicos y protestantes que han configurado el cristianismo moderno).

Finalmente, el paradigma del verstehen permanece marcado por una forma de realismo empírico. Así Dilthey considera empíricamente dados los contenidos mentales y los estados psíquicos del otro. En los autores del siglo XX, se reencuentra un compromiso análogo a las acciones dictadas por las "formas de vida". De aquí [30] resulta una concepción idealista de las nociones de estructura social y de sociedad: la insistencia en que los agentes producen la sociedad conduce a la idea de la "construcción social de la realidad", según el título de la obra de Berger et Luckmann (1966). También en Touraine, el "accionalismo" sólo significa la "producción de la sociedad" por los agentes históricos (Touraine 1973). Para Cicourel, sólo la interacción de los actores en situación local puede servir de fundamento a la sociología: las nociones de estructura, de papel, etc., deben considerarse como facilidades abusivas a las que el investigador debe renunciar (Cicourel 1972).

 

3.3. Constitución ontológica: la naturaleza relacional de lo social

Los límites identificados en la sección anterior convergen hacia la necesidad de un tratamiento renovado, no sólo de la acción interpretativa o cognitiva, sino de las estructuras sociales. Los trabajos de Giddens (1976, 1984, 1990) requieren una mención muy especial, porque ha tratado la cuestión de las estructuras sociales de manera particularmente consonante con la inflexión ontológica de la propia renovación hermenéutica. La idea principal es que las estructuras sociales están constituidas por la acción humana, no teniendo otro origen que la acción que han hecho posible. Por ello, las estructuras sociales presentan una dimensión a la vez apremiante y habilitante: prescriben y rigen, o sea sancionan, la acción humana atribuyéndole su condición de posibilidad efectiva. La noción de sociedad es, pues, de naturaleza relacional, en cuanto las estructuras sociales y la acción cognitiva se determinan mutuamente en una causalidad de tipo circular.

Esto constituye una forma de complejidad muy diferente de la que se da en las ciencias sociales sistémicas mencionadas en la sección II.2. En particular el individualismo metodológico complejo, tal como fue anticipado por Dupuy (1991), moviliza los formalismos de la auto-organización; pero como la noción de complejidad aquí es exclusivamente epistemológica, conduce a eliminar toda referencia a la constitución efectiva de la realidad subjetiva y social. Por el contrario, la noción de complejidad desarrollada por Giddens es tanto ontológica como epistemológica21. Hay que destacar que, para Giddens, a la acción ya no se la considera a la manera clásica como derivada lógicamente de las intenciones: [31] se presenta como un flujo esencialmente prerreflexivo, que presupone sin embargo un conocimiento y un poder. Punto crucial, este conocimiento no tiene que ser formulado necesariamente por el actor en términos proposicionales; se trata de un conocimiento práctico. Así entendido, la acción es susceptible de un control reflexivo, pero que se debe considerar como plástico. En efecto, la motivación no está siempre consciente en el actor y, con frecuencia, desconoce las condiciones estructurales de su acción. La racionalización permanente de su conducta debe, pues, considerarse como ofreciendo la posibilidad de desarrollos significativos para la comprensión de sí mismo y del mundo social.

 

3.4. Constitución epistemológica: la doble hermenéutica de las ciencias sociales

La noción de la naturaleza relacional de lo social entraña importantes consecuencias en el plano epistemológico. En principio, permite evitar los atolladeros gemelos del holismo y del individualismo, en la medida en que dirige la atención del investigador hacia la formación del vínculo social. Pero, sobre todo, esta articulación ontológica de lo psíquico y de lo social implica la operatividad de una "doble hermenéutica" (Giddens 1976, 1984). El punto crucial es que las ciencias sociales se refieren a un mundo preinterpretado, en el que las significaciones desarrolladas por los sujetos activos entran en la constitución o producción efectiva de este mundo. Los actores sociales, lejos de ser los "imbéciles culturales" (cultural dopes) que obedecen ciegamente a fuerzas que sólo podrían percibir los investigadores en la ciencia social, son "teorizadores prácticos" plenamente competentes. La elaboración de teorías en ciencias sociales integra, por tanto, la tarea hermenéutica metódica de los investigadores a la actividad hermenéutica cotidiana de los actores. Se produce así una relación recíproca entre los conceptos empleados por los miembros de la sociedad y los que utilizan o elaboran los científicos, así como un deslizamiento continuo de los conceptos construidos en ciencias sociales: estos conceptos son retomados por quienes se proponen, como punto de partida,  analizar el comportamiento y, a partir de esto, tienden a convertirse en rasgos inherentes a ese comportamiento. Se reconoce aquí el tema de las "propiedades autorrealizadoras" que ilustran el problema, central en ciencias sociales, acerca de los efectos no queridos de la acción: la conciencia, por parte de los actores, de una predicción relativa a su conducta puede realizar a hacer fracasar la predicción. La incorporación siempre posible, por los actores, de conocimientos en tanto medios para asegurar determinados resultados a su conducta intencional confiere a la epistemología de las ciencias sociales una dimensión de indeterminación específica, diferente (frente a los que algunos, como Nagel, habían afirmado) a la que acontece en la física.

 

4. La constitución técnica de la acción y de la estructuración social

 

4.1. La técnica revisitada: el estatuto constitutivo de la técnica en los procesos psíquicos y sociales.

Los conceptos de naturaleza relacional de lo social y de la doble hermenéutica, que acabamos de mencionar, se han elaborado hasta aquí sobre todo desde una perspectiva [32] coloquial** . Pero si se quiere evitar el doble y simétrico escollo de la aprehensión idealista o empirista de las estructuras sociales y captar plenamente la naturaleza relacional de lo social, es necesario estudiar la acción interpretativa desde una perspectiva no sólo lingüística y práctica, sino también material y técnica. Ahora bien, hasta una fecha reciente, la técnica ha sido ampliamente excluida de la reflexión e ignorada tanto por las ciencias humanas como por las ciencias cognitivas y la filosofía. No obstante, el hecho de que, en la sociedad humana, la doble articulación de la acción y de las estructuras esté masivamente mediatizada por los artefactos ofrece una notable oportunidad para centrar el estudio en la técnica, reconocida por otra parte como constitutiva del obrar humano y de la estructuración social (Leroi-Gurhan 10964, 1965, Simondon 1958, 1989, Castoriadis 1975, 1978, Derrida 1990, Stiegler 1994b, 1996, Havelange 1999). Fenomenología y (paleo)antropología se conjugan para esclarecer la acción intencional y el proceso de hominización.

Desde un punto de vista fenomenológico, en el contexto de la experiencia y del encadenamiento de lo vivido, que designa la noción de intencionalidad longitudinal, es donde se abre la posibilidad de una tematización de la técnica. En sus Lecciones para una fenomenología de la conciencia íntima de los tiempos, pronunciadas en 1905, Husserl (1966) había anticipado la idea de retención o recuerdo primario, mediante el cual el acto intencional enfoca y retiene el "pasado más preciso"22, y que constituye nuestra experiencia más primitiva del tiempo como flujo, como continuum. Enfocar y retener el pasado más preciso no es sin embargo revivir el pasado. Por esto Husserl distingue con precisión la retención de la rememoración o re-recuerdo, al que también llama recuerdo secundario, y que concreta un proceso de re-presentación , en el sentido de reproducción fiel, rasgo a rasgo, de los pasados vividos. A su vez, el recuerdo, que permite revivir el pasado, no puede confundirse con lo imaginado: existe, según Husserl, una diferencia de esencia entre el pasado repetido del recuerdo y lo imaginado. Es necesario pues, según Husserl, oponer el recuerdo secundario a lo que él llama la "conciencia de la imagen", es decir las conciencias suscitadas por imágenes o retratos, que son objetos mundanos. Al criticar el papel de la imaginación  (Phantasie) en Brentano (en cuanto tal imaginación le confiere un estatuto de simulacro al recuerdo), Husserl considera que el sentido constituido por la conciencia no se contaminaría de la conciencia suscitada por los objetos mundanos; de donde resulta que las conciencia de imágenes, la imaginación, no constituye el recuerdo. Esta ruptura entre el recuerdo y la imaginación destaca que el pasado está definitivamente caduco: por no ser efectivo ni actual, no influiría sobre el presente. Este análisis de la experiencia de la temporalidad entraña no obstante algunas dificultades, de las cuales las dos principales son las siguientes: la primera es la no retroacción del pasado sobre el presente, la segunda la de la infinidad de la retención, que Husserl debe admitir que sólo sería en derecho ("ne serait-ce qu'en droit")

Frente a estas dificultades, Derrida y Stiegler, continuando los análisis de Husserl relativos al origen de las idealidades geométricas (Husserl 1939), pusieron en evidencia la idea de una participación de los objetos mundanos, imágenes y rasgos materiales, en la constitución del sentido: la "génesis tecnológica" de las idealidades geométricas [33] (Derrida 1990: 270), mientras que no había sido vista por Husserl más que desde una perspectiva empirista, implica, según Stiegler, un recuerdo o una "retención terciaria" mediatizada por los objetos externos (Stiegler 1996: 220, 230, 274). La retención no es, pues, infinita, contrariamente a lo que afirmaba Husserl. Por esta "finitud relacional" (Derrida 1974: 45), son los objetos mundanos, externos, los que, en sustitución de la imaginación de Brentano, constituyen en el presente los rastros del pasado, aseguran la solidaridad del pasado con el presente y permiten así la constitución de las idealidades. Este análisis desemboca, en Stiegler, que generaliza el propósito de Derrida relativo a la escritura, en una tematización filosófica de la técnica, no sólo como constituida, sino como constitutiva del sentido: el objeto técnico es un soporte material del recuerdo que permite la síntesis temporal, la intencionalidad longitudinal de la conciencia. Un dispositivo técnico se define, por tanto, como un objeto que, en su materialidad, registra el presente y lo restituye ulteriormente, efectuándose tal registro y tal restitución según las estructuras del objeto. Su dimensión mnemónica es central, ya bien implícita en las técnica del gesto o explícita en las técnicas del signo, como ocurre con la escritura y la informática.

Desde un punto de vista antropológico, el proceso de hominización asocia estrechamente el útil, el gesto y la palabra (Leroi-Gourhan 1964, 1965). Leroi-Gourhan propone en este sentido una lectura de la evolución de los vertebrados, "del pez al hombre", como la constitución de un "campo anterior de relación" y "la división de éste en dos territorios complementarios, uno delimitado por la acción de los órganos faciales, el otro por la acción de la extremidad del miembro anterior". Con claridad, "desde los orígenes, la columna vertebral, el rostro y la mano están indisociablemente vinculados". Es así como "el hombre comienza por los pies" porque "la posición vertical (...) hace del desarrollo del cerebro una cosa diferente de un aumento de volumen. La relación del rostro y la mano permanece tan estrecha en el desarrollo cerebral como anteriormente: útil para la mano y lenguaje para el rostro son dos polos de un mismo dispositivo". La especificidad de los humanos está, por tanto, en relación  con la "exteriorización" de los órganos corporales de la motricidad y de la sensación (Leroi-Gourhan 1964). Pero esta especificidad reside menos en la exteriorización en cuanto tal, que en lo que la exteriorización posibilita, a saber la invención técnica. es necesario ver, con mayor precisión, en este proceso un doble movimiento de exteriorización/interiorización: un nuevo objeto técnico (trátese de un medio de acción, de un instrumento de medición o de un dispositivo de reformulación del habla) no se hace verdaderamente eficaz más que a partir del momento en el que está tan íntimamente integrado al ciclo dinámico de la percepción-acción que desaparece de la conciencia y se transforma efectivamente en una extensión del cuerpo. Por ejemplo, la experiencia muestra que, al conducir un vehículo, percibo la superficie de la ruta con "mis" ruedas como si formasen parte de mi cuerpo.

 

4.2. Hacia una hermenéutica material

En consecuencia, no puede verse en el objeto técnico un simple montón de materia inerte a la que daría forma, desde el exterior, una voluntad fabricadora y organizadora (Stiegler 1998). La concepción de la técnica aquí expuesta se separa de la posición clásica, que considera a los objetos técnicos como [34] simples instrumentos utilitarios sometidos a fines preestablecidos. Esta posición instrumentalista es solidaria con el individualismo metodológico y con la concepción de lo social como un agregado de individuos predefinidos, cuyos límites ya hemos indicado (Havelange 1994). El concepto de fin claro y distinto elaborado por un individuo aislado y autosuficiente es, a este respecto, un engaño. Por una parte, en efecto, los "fines" emergen de un proceso social que se distribuye entre los actores y que ningún individuo domina íntegramente. Por otra parte, los objetos técnicos escapan  sistemáticamente a eventuales finalidades preconcebidas, en virtud de las prácticas de desvío y reapropiación desplegadas por los actores sociales. En suma, la finalidad de un objeto técnico prácticamente no preexiste a su fabricación y su utilización.

En vez de poder reducirse la técnica a una serie de objetos circunscriptos en un espacio y en un tiempo positivos, presenta una dimensión trascendental que supera en mucho el esquema instrumental de medios sometidos a fines predeterminados: la técnica es constitutiva de la hominización, en cuanto génesis de la subjetividad, de la socialidad y de la historicidad. La invención o la apropiación de una técnica pone en juego, de modo inseparable, la herencia de un ya-ahí histórico y la configuración de una subjetividad. Es claro, en particular, que la apropiación de un pasado colectivo que el propio individuo no ha vivido, apropiación que representa un elemento central en toda individualización (Simondon 1989), reposa sobre las posibilidades técnicas de acceso a ese pasado. La formación del vínculo social aparece, por tanto, como un proceso de individualización indivisiblemente psíquico y colectivo mediatizado por la técnica, que se individualiza a sí misma (Stiegler 1998).

Esta tematización de la técnica confirma y enriquece el conjunto de las potencialidades hermenéuticas, no sólo como límites debidos a su facticidad, sino como posibilidades positivas de constitución por individualización (Stiegler 1998). En otras palabras, debido a que propone (dimensión habilitante) e impone (dimensión coaccionante) simultáneamente determinado gesto, la técnica, en cuanto memoria colectiva no vivida exigente sin cesar de nuevas apropiaciones, contribuye con un mismo impulso a configurar lo social y lo psíquico (Havelange 1998, 1999). La eficacia antropológicamente constitutiva de la técnica instaura así una hermenéutica no ya solamente coloquial, sino material23. Este enfoque es decisivo para la concepción de nuevos dispositivos técnicos. Bachimont (1992, 1996) ha demostrado cómo es posible, al asumir explícitamente el soporte digital de los sistemas de base de conocimientos, restaurar plenamente para los usuarios la dimensión interpretativa y productiva de su actividad.

También conviene destacar que esta tematización de la técnica consolida y enriquece la dualidad identificada hace poco por Giddens en el corazón de las estructura sociales. Un objeto o dispositivo técnico tipo es siempre la memoria materialmente trasmitida e inscrita en las cadenas operativas implicadas e3n su producción; en otras palabras, no es sólo el resultado de su propia producción, es también su condición en tanto tipo. Esto, debidamente entendido, es todavía más cierto respecto de los sistemas técnicos compuestos por tecnologías interrelacionadas (por [35] ejemplo, el carbón, las minas de hierro, las vías férreas, etc.): tal sistema es necesario para su propia producción; por esto la primera revolución industrial en Inglaterra se esperó durante siglos pero, una vez producida, pudo exportarse y reproducirse rápidamente en el mundo entero. Anclada así en las tecnologías materiales, la dualidad de las estructuras sociales confiere una nueva densidad a la dimensión de indeterminación y a la doble hermenéutica pertinentes a las ciencias humanas. La incorporación de conocimientos por los actores en su comportamiento práctico no concierne sólo a los conceptos forjados por los investigadores en ciencias sociales; implica también la toma de conciencia de la efectividad, simultáneamente coaccionante y habilitante, de la técnica en cuanto mediatiza la acción cognitiva y la estructuración social.

 

4.3. Conclusión y perspectivas: el uso, noción bisagra entre la motricidad y la acción

Desde esta perspectiva, una distinción entre los conceptos de motricidad (describible en tercera persona) y de acción (dependiente de una descripción en primera persona) se hace  la vez posible y necesaria. Entre los dos polos del movimiento como forma principal de la intencionalidad motriz (Merleau-Ponty 1945) y de la acción impulso resultante mediante la cual un agente humano se compromete y opera la síntesis de sí mismo, que hace de él un sujeto (Salanskis 2000), el uso de los dispositivos técnicos, una vez puestas en evidencia sus dimensiones localizada y social, aparece sin duda en una primera instancia como un momento intermediario donde se sitúa un hacer  marcado por el hábito y el carácter no constitutivo de los gestos heredados. Sin embargo, esta relación con la técnica no tiene nada de necesariamente fijo o definitivo. Entre el uso y la acción, la frontera, por el contrario, es movediza. La atención, en efecto, puede desplazarse y hacerse cargo reflexivamente del del dispositivo técnico, tematizar su papel constitutivo en la instauración de nuevas y posibles experiencias. Mediante esta conversión fenomenológica de la mirada, se abre la posibilidad de una reapropiación reflexiva y de una inflexión concertada acerca del modo como los dispositivos técnicos que construimos configuran y coaccionan el poder constituyente de la acción intencional y la formación del vínculo social.

 

 

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* El número entre corchetes indica la página en la edición original [N.t.]

** "langagière", en el original [N.t.]

1 Relativamente estabilizada en la actualidad, esta designación se aproxima a otras, prácticamente equivalentes, durante los siglos XVIII y XIX ("ciencias morales", "ciencias de la cultura", "ciencias de la mente", "ciencias históricas", etc.).

2 Autor en especial de una obra titulada La scienza nuova (Vico 1725), Giambattista Vico (1661-1744) se dedicó a refutar las doctrinas de Gassendi y de Descartes y a combatir la idea de una matemática universal, es decir la pretensión de reconducir todo a las matemáticas, consideradas como la ciencia perfecta, a la cual las otras deberían tomar como modelo. Desarrolló, desde esta óptica, los fundamentos de una ciencia humana autónoma (una "scienza nuova") basada sobre el primado de la acción humana concreta en la historia y sobre una rehabilitación del estatuto cognitivo de lo imaginario. Ver Pompa (1990).

3 Ver Mesure (1993). El positivismo se inscribe en el cuadro general del naturalismo por su afirmación acerca de una ciencia única de la naturaleza y del hombre. Pese a todo, se diferencia en cuanto su exigencia acerca de la reducción de las ciencias humanas y sociales a las ciencias naturales no es directa, sino que toma en cuenta los diferentes tipos de órdenes de fenómenos (Comte, Stuart-Mill, Wundt, Durkheim, Parsons...).

4 Ver Dilthey (1883, tr. fr. 1992: 169) para la explicitación de estos dos puntos de vista irreducibles: el de la experiencia interna, designado como filosofía trascendental, y el de la experiencia externa, propio del naturalismo.

5 Estas extensiones del campo de la hermenéutica no son, sin embargo, las únicas. De modo general, las ciencias comienzan a reconocer la exigencia de la cuestión del sentido, largo tiempo ocultada por la visión positivista del saber, y la presencia de una dimensión hermenéutica en sus problemáticas. Ver, en esta perspectiva, Salanskis J.-M., Rastier F. y Scheps R. (1997).

6 Sobre la cuestión de la acción en el contexto de la filosofía analítica, deberá hacerse referencia en particular a Anscombe (1957) y a von Wright (1971). Para una perspectiva hermeneutico-fenomenológica, ver Ricoeur (1986). Y para un estado del debate contemporáneo entre estas dos corrientes y sus repercusiones en las ciencias humanas y en las ciencias cognitivas, ver Ladrière, Pharo, Quéré (1993) y Salanskis (1996, 2000).

7 La filosofìa de la mente, fiel a la filosofía analítica de donde procede, formula la cuestión de la intencionalidad en cuanto denotación, referencia a un objeto exterior, y no en cuanto relación entre pretensión intencional y fenómeno, como quiere la fenomenología. Respecto al desprecio de Chisholm y Quine respecto del concepto brentaniano y huserliano de intencionalidad, ver en especial Dupuy (1994).

8 El análisis de la significación como denotación (relación exclusiva del significante con el referente, o Bedeutung, que excluye el Sinn característico del análisis fregeano u huserliano del signo lingüístico), conduce a no retener como expresiones dotadas de "sentido" (meaning) más que aquellas cuyos predicados pueden rescribirse bajo la forma "función de (x)". En su célebre artículo "On Denoting", Russell (1905) introdujo esta confusión sobre el término meaning. Esta amalgama que se produce en beneficio de la denotación y en detrimento del sentido, subyace bajo todo el edificio de la lógica matemática y del análisis lógico del lenguaje.

9 El eliminacionismo consiste en explicar los conceptos mentales en términos fisicalistas o naturalistas. Al descartar de esta explicación toda referencia a los conceptos de la psicología del sentido común o a las concepciones preteóricas de la mente, conduce, en un primer momento, a desacreditarlas y, en un segundo momento, a considerar que simplemente no existen creencias, deseos, sensaciones, etc. Ver Engel (1992: 11-12)

10 Las frases intensionales, cuya actitud proposicional en la marca, infringen las reglas de la extensionalidad lógica, fundamentalmente la de la generalización existencial. Al referirse a la actitud proposicional, el enunciado puede ser cierto, pero esto no implique que el contenido proposicional de la frase lo sea: existe una disociación entre el valor de verdad de la creencia y el de la representación. Por ejemplo: "Juan cree que" puede ser cierto, pero "la luna está hecho de queso verde" es falso.

11 Esta concepción prevalece en especial en las teorías económicas clásicas y neoclásicas, en las que se considera al agente económico como un agente racional que efectúa las acciones a fin de maximizar sus intereses, definidos en términos de riqueza o de ventajas materiales. "La conducta económica (es) la búsqueda privada, interesada, racional y calculatoria de la mayor ganancia material", como escribe J.-P. Dupuy a propósito de Adam Smith (Dupuy 1992: 199).

12 En su argumentación, Searle contrasta el estado mental "yo levanto mi brazo" con la acción propiamente dicha consistente en levantar mi brazo. Una representación de acción no es una realización de acción (Searle 1981).

13 A modo imaginario, podría compararse el sistema intencional (es decir, según la psicología cognitivista, la computadora) con el presidente de los Estados Unidos en su oficina oval: puede dar una orden, pero no puede ejecutarla, porque depende para ello enteramente de sus subalternos. En el ejemplo anterior, esta analogía desembocaría en el siguiente análisis: el presidente de los Estados Unidos cree que sus subalternos le han ofrecido flores a su mujer; por tanto el presidente de los Estados Unidos cree que le ha dado placer a su mujer (ver Dennett 1991).

14 Estas teorías recurren pues, modificándola, a la noción de saber mutuo (common knowledge). Ver Livet (1994).

15 Tomar en cuenta la performatividad de la acción (en el sentido de Grice) y su motricidad como "pre-intencional" no le basta a Livet para apartarse de la noción de secuencia lineal de tratamiento de la información, que considera a la acción como salida (Liver 1994: 97)

16 Ver Havelange (1994: 7).

17 Ver, para un análisis del nominalismo y del eliminacionismo de Dupuy, Havelange (1991a, 1994 y 1995).

18 Ver infra, p. 30, nota 21. Este comentario vale igualmente para la sociobiología, que considera a los seres vivientes como los soportes de la propagación de los genes (Dawkins 1978).

19 Para una presentación de la hermenéutica en el contexto moderno, ver en especial Palmer (1969), Outhwaite (1975), Bleicher (1980), Ricoeur (1986), Gusdorf (1988) y Laks et Neschke (1990). Para un estudio de la expansión actual de la hermenéutica, ver Salanskis, Rastier, Scheps (1997).

20 Como ha observado, con razón, Salanskis, esta hermenéutica culturalista y constructivista, lamentando la no naturalidad de la mente, paga no obstante su crítica al cognitivismo al precio de una des-psicologización de la mente, y de una pérdida de su dimensión de experiencia interior (Salanskis 1996, 2000).

21 La constitución ontológica de la sociedad requiere diferenciarse de la constitución epistemológica de la sociología. La primera concierne a la producción de la sociedad por la actividad humana; poco elaborada en filosofía de la ciencias, ha sido desarrollada sobre todo en ciencias humanas y sociales por las corrientes del materialismo histórico y de la fenomenología. La segunda, en oposición con el positivismo, se refiere a la actividad teórica que "crea" el objeto de conocimiento; este aspecto ha sido especialmente destacado por la tradición kantiana. Para una definición precisa y completa de estos dos sentidos del concepto de constitución en la filosofía de las ciencias sociales, ver Outhwaite (1983: 68-119).

22 Simétrico a la retención, la protención designa en el acto intencional la espera del futuro más próximo.

23 En un sentido amplio respecto al que Szondi (1975) y Rastier (1997), siguiéndolo a Schleimacher,  le dieron a esta expresión, al focalizar sus análisis sobre la materialidad textual.