“M’hijo  el  dotor” como hijo y protagonista de la universidad de la calle

 

Jorge Alberto Kulemeyer*

 

 

 

When he heard a voice thus calling to him, he was standing at the door of his box, with a flag in his hand, furled round its short pole.  One would have thought, considering the nature of the ground, that he could not have doubted from what quarter the voice came; but instead of looking up to where I stood on the top of the steep cutting nearly over his head, he turned himself about, and looked down the Line.

 

Three Ghost Stories by Charles Dickens1

 

 

Resumen:

 

La UDELAC (universidad de la calle) fue parte del pensamiento de una época de buena parte de la sociedad de nuestro país que en la expresión “m´hijo el dotor”, reflejo un aspecto destacado de los ideales de una amplia franja social argentina de las últimas dos décadas del siglo XIX y las primeras siete décadas del siglo XX y ayudó a generar un modelo de país. Se trataba, mayoritariamente, de la primera o segunda generación de inmigrantes europeos que veían en la universidad, pública y gratuita, el instrumento para que sus hijos no tengan que sufrir la pobreza que ellos habían padecido. La opción más atractiva observable en el paisaje social de personas económicamente exitosas de la época estaba dada por los “doctores”, en especial, abogados y médicos. Aparecía la posibilidad de que, sin  el respaldo de una fortuna familiar, se podía ascender socialmente y lograr el ansiado bienestar económico. Este escrito, lejos de ser un ensayo sobre la cuestión, solo intenta señalar algunas manifestaciones que sugieren que en el seno de la universidad como institución formal y de referencia, con el transcurrir del tiempo, se fue desdibujando la frontera con la UDELAC (lo cual no implica sostener la existencia de un pasado mejor).

 

 

* CICNA-FHyCS Universidad Nacional de Jujuy – Grupo Yavi de Investigaciones Científicas - UNPA jorgeak@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

En torno al concepto de universidad de la calle

 

La noción de UDELAC hace referencia a una forma de adquirir conocimiento que genera el ser humano en su entorno social y es compartido por sectores más o menos amplios. El concepto UDELAC surge como contraposición a los conocimientos que se generan y manejan en la universidad formal que se caracterizan por su sistematización metodológica y por tener como propósito entender las formas de vida y/o procurar su mejora. La expresión es, ella misma, un producto de la UDELAC que encierra un dejo de ironía sin que su connotación sea necesariamente peyorativa  o lisonjera. Ello dependerá de la situación, del tono, del contexto de uso.

 

La UDELAC es multifacética engloba manifestaciones tan diferentes como pueden ser gestos, ideas, grafismos. Se la supone una expresión de lo popular, anónima. Todos participan de la UDELAC, incluyendo a los universitarios. Cada persona acepta y maneja sus códigos a su manera y este manejo es un reflejo de un entorno social, cultural e histórico del cual el individuo es miembro integrante.  

 

La “universidad de la calle” es un concepto escenario de un sinfín de paradojas. Cuando intentamos buscar una definición, surge inmediatamente que la “universidad de la calle” tiene una existencia que es anterior al surgimiento institucional de la universidad e, incluso, a la concepción de las primeras calles. Si hasta los idiomas y sus variantes locales pueden ser considerados como, al menos en parte, un producto de la UDELAC. Los ingredientes que hacen a la esencia de la “universidad de la calle” no necesariamente existen por contraposición a la universidad y a la calle.

 

La “universidad de la calle” es un espacio cotidiano omnipresente en el que confluyen tanto la desbordante imaginación que asombra, mueve a la sonrisa cómplice, resuelve situaciones cotidianas de manera impensada (“el ingenio popular no descansa”), construye poder (“los espacios se ganan peleando”), adula con un piropo y también, por ejemplo, la lucha por sobrevivir (descripta en 1930 con cirujana precisión en el “Yira, Yira” de Discepolin).

 

La “universidad de la calle” incluye en su didáctica la adaptación a la realidad mediante artilugios y recursos que pueden brillantes y atractivos pero también torpes, violentos, despiadados. Es un conocimiento que, aparentemente, carece de sistematización. Quizás el primer intento de búsqueda de organización sistemática del saber y las experiencias populares estuvo dado en la creación de las religiones que, mediante el establecimiento de reglas que pretendían ser claras, permanentes y válidas para todos, procuraron en todos los casos constituirse en un sistema ordenado, contrapuesto a la informalidad.

 

La universidad de la calle nunca dejó de estar y siempre va a seguir estando como una particularidad de la presencia humana en el planeta. En todas partes, en todos los escenarios. No es buena ni es mala en si misma. Es compleja, diversa, plural, es humana. La domina lo espontáneo sin por ello dejar de ser, en cada una de sus expresiones, producto de una historia cultural y de un contexto determinado.

 

 

M’hijo el Dotor y la sociedad

La expresión “m’hijo el dotor”, marcó una época en la que fue síntesis de los ideales y el horizonte elegido por una amplia franja social argentina en un lapso que, un tanto arbitrariamente, se puede fijar entre las últimas dos décadas del siglo XIX y las primeras siete décadas del siglo XX. Sin duda existió antes y sigue vigente en nuestros días, pero no como una expresión que marcó, quizás con la fuerza y vigencia que no alcanzó ninguna otra, la visión compartida de la realidad en cuanto a la búsqueda de los atajos más eficientes al momento de buscar una estrategia en la lucha por ascenso social del núcleo familiar. Como toda “voz de la experiencia” era demostrable su naturaleza infalible a cada paso, en cada oportunidad, con contundencia inapelable y, por lógica consecuencia,  encontró su hábitat natural en la UDELAC. El  dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910), ha quedado indisolublemente asociado a esta expresión merced a la obra teatral que, precisamente, denominó "M’hijo el dotor" y que le abriera paso a la celebridad tras su estreno en Buenos Aires cuando corría el ano 1903. La pieza tiene por escenario una estancia del interior de la República Oriental del Uruguay y muestra los conflictos generacionales de padres e hijo, producto de las divergencias de los enfoques y actitudes conservadoras y progresistas que enfrentan a unos con otros (Sánchez, 2005).

La expresión "M’hijo el dotor" es parte del espíritu de una época, exteriorización de un componente destacado en las lógicas sociales que confluyeron en la gestación del modelo de país.  En este contexto se observa a la universidad como lugar de construcción de hegemonía. El protagonismo de la universidad fue parte de una realidad mucho más compleja generada desde muy diversos ámbitos de la educación. Gutiérrez y Romero, (1989 : 56) señalan que “En el proceso de integración de los sectores en ascenso, junto con los logros económicos o sociales, tuvo particular importancia la educación, no solo como vehiculo de la hegemonía sino, en un sentido muy fuerte, como logro y conquista de unos sectores populares que se apropiaban de bienes de los que hasta entonces habían estado excluidos: una sociedad popular letrada y nacionalizada encontraba en la cultura la vía de la incorporación”.

 

La expresión fue acunada, interpretada, pregonada e impulsada de manera  generalizada por casi toda la población pero, mayoritariamente, por la primera o segunda generación de inmigrantes europeos que veían en la universidad, pública y gratuita, el instrumento para que sus hijos no tengan que sufrir las penurias que, como consecuencia de la pobreza, ellos habían padecido. La opción más atractiva observable en el paisaje social de personas económicamente exitosas de la época, estaba dada por los “doctores”, en especial, abogados y médicos. Aparecía la posibilidad de poder ascender socialmente y lograr el ansiado bienestar económico, sin el requisito de un respaldo dado por una sólida fortuna familiar.  Con el apoyo mancomunado a partir de la producción de recursos basada en el esfuerzo físico de otros miembros de la familia, al menos parte de la nueva generación podía estudiar y acceder a una calidad de vida muy superior. Esa sensación de la UDELAC de  necesidad de promoción social a través de la realización de estudios universitarios en profesiones liberales persistió (persiste) más tiempo en las zonas rurales y las zonas más pobres y con estructuras sociales más asimétricas del país. No prevalece en la motivación la sed de justicia (la ilusión de mejorar el mundo) ni ansias de saber, lo que prima es voluntad de ser parte de la clase acomodada, dirigente.

 

Es cierto que la UDELAC prohijó este sentir junto, muchas otros tantos, como es el caso de una de sus manifestaciones predilectas: la ironía, que desde hace siglos ya venia haciendo de las suyas y ello quedo reflejado en las letras del mundo de habla hispana (Schwartz Lerner, 1986).

 

El tiempo parece haber dado, en el balance, la razón a esa búsqueda de progreso personal y familiar que ha resultado válido y exitoso en lo individual dado que son abogados los que detentan el poder político (presidentes, gobernadores, legisladores, jueces son, mayoritariamente, de dicha profesión), autoridad que, en el siglo XX, solo han debido compartir por ciclos con los militares.  Abogados, conjuntamente con médicos y, quizás en menor medida, contadores públicos, ostentan buena parte del capital económico vernáculo. Muchas de las tierras de la pampa gringa, que fuera de aquellos que otrora soñaron con el “hijo dotor”, hoy están en manos de profesionales liberales que invierten los excedentes producidos en la ciudad sin tener la menor intención de radicarse en el campo para dedicarse personalmente a la actividad rural que, en muchos casos, fue el punto de partida de su historia familiar en Argentina.

 

Progresivamente, cada vez más, muchos jóvenes aspiraron y aspiran a asegurase un futuro de tranquilidad económica y posición social encumbrada mediante el ejercicio de una profesión liberal. Pero son proporcionalmente demasiados los individuos que han apuntado en esta dirección y el modelo se ha ido agotando en si mismo. A pesar del montaje de todo un enorme y complejo universo burocrático son demasiada personas dedicadas al control de las otras.

 

Se dice que el título de “doctor” fue asignado por acordada de la Corte Suprema de Justicia argentina para la mayoría de las profesiones liberales (abogados, médicos, contadores públicos, bioquímicos) sin necesidad de que hubieran completado estudios de doctorado. Importaba e importa el parecer siendo menos relevante el ser. A pesar de la búsqueda realizada no he encontrado pruebas que respalden fehacientemente la existencia de esta decisión legal de plena vigencia en la sociedad argentina de nuestros días. Es por ello que el análisis de las implicancias que pudo tener para el devenir reciente de la historia argentina de la sensación popular condensada en la expresión “m´hijo el dotor” puede ser un ejemplo muy puntual para averiguar cuánta sapienza tiene la universidad de la calle.

 

Esta tendencia no constituye un fenómeno exclusivo de nuestro país. En relación al Perú,  Morote (1992 : 258 - 259) opina:Se multiplicaron los tinterillos, las capitales de provincias se llenaron de “estudios” de abogados por donde desfilaban humildes personas en busca de protección y poderosos en busca de exoneración. Las facultades de derecho universitarias están llenas de estudiantes, ser abogado es la máxima aspiración de los jóvenes y de sus padres. A los abogados los llamamos “doctores”. Todos pretenden serlo. Un país donde la injusticia racial, social y económica, reina, la profesión de abogado sea admirada. Un país lleno de abogados es mala señal”.

 

 

La UDELAC en la universidad

 

En lo que es la historia de la gestión del conocimiento, con el devenir histórico nace, con la creación de las universidades en tiempos medievales, un escalón más complejo, diferente a la UDELAC, que tiene la decidida pretensión de construir conocimientos más elaborados a los que se generan en la calle y más útiles para la vida cotidiana y el desarrollo de la humanidad que los aportados desde la religión.

 

La UDELAC no está atada necesariamente a objetivos determinados como la universidad como pueden ser el progreso, el bienestar, la ética como lo puede estar la institución universitaria formal.

 

La existencia de tribus y territorios académicos en el sentido de Becher (2001) se da en todas partes pero su modalidad difiere según escenario académico y geográfico. Cada disciplina tiene su grado de desarrollo: no es lo misma situación de manejo de intereses, relación entre pares y de protagonismo social en los casos de, por ejemplo, abogacía, ingeniería o antropología.

 

El afán del presente escrito no es atacar ni defender, ni siquiera adoptar postura en favor o en contra, simplemente describir hechos que se observan. Tampoco se pretende, de cara al sistema universitario, interpretar actitudes y posturas como más inteligente u honesta que las otras. El saber manejarse exitosamente en todo sistema imperante requiere siempre de la capacidad de realizar de lecturas adecuadas del mismo y de operar en consecuencia. Más allá de estas consideraciones, el autor de estas líneas tiene la presunción que las universidades con menor desarrollo académico son más permeables a la adopción de pautas de conducta y actitudes propias de la UDELAC que en no pocos escenarios parecería que predominan en el ámbito universitario.

 

Cuando las reglas de la universidad de la calle prevalecen en una determina institución universitaria más que en otras, dicha  universidad tiene grandes dificultades para cumplir con su misión social y académica. En ello resulta clave la forma como se concibe, fundamenta y distribuye el ejercicio del poder al interior de la institución. Cada universidad, pública o privada, es diferente. De manera generalmente no programada,  cada institución universitaria va generando su estilo propio, alcances y distribución de espacios en el manejo de los recursos intelectuales que provee la “universidad de la calle”. Muchas veces el éxito individual depende mucho más del buen manejo de las herramientas que ofrece la “universidad de la calle” y la universidad resulta una sumatoria de la medida de estos éxitos y fracasos más que de un proyecto conjunto. En estos ámbitos, la universidad como institución de base académica pierde, en la práctica, razón de ser y funcionalidad en tanto que los diferentes rendimientos de las instituciones universitarias se hacen más evidentes en esta nuestra “era del conocimiento y las comunicaciones” y no pueden ser compensados solo con mecanismos de la UDELAC. En estas instituciones tienen garantizado el fracaso las personas que intenten progresar en el sistema universitario usando como recurso fundamental aquello que, en la propia universidad, se les ha inculcado como el “camino correcto” para una trayectoria académica exitosa (estudiar, investigar, etc) en un marco de equidad. En la práctica los caminos son otros por lo que realizar la lectura correcta del sistema y las alianzas necesarias para instalarse exitosamente en la escala jerárquica que la realidad ofrece, requiere de adaptación (“hacete amigo del juez y llegarás a ser juez”) y, a su manera, de inteligencia. Los destinos individuales y, por ende, los del conjunto se deciden “rosqueando” (“rosquear” en la universidad son las negociaciones por la ocupación de cargos, recursos económicos, espacio de poder). En el “rosqueo” todo vale y pueden participar actores impensados para quien no conoce el sistema, donde no importa si se cuenta con formación académica, o si se pertenece al sistema universitario.  Las consecuencias de esta dinámica de funcionamiento son que la universidad deja de tener protagonistas y contenidos que la diferencian en la calidad de la gestión de conocimientos en relación a otras instituciones que cumplen funciones educativas de la sociedad. Queda un membrete, un capital en inmuebles, un halo de prestigio que se pretende mantener como sacrosanto, un dinero que ingresa anualmente como presupuesto, una burocracia absurda y dominante y no mucho más.

 

Esta presencia y avance de la UDELAC se manifiesta cuando los parámetros y exigencias académicas generales a nivel internacional son manipulados y reelaborados para ser adecuadas al contexto local de manejo del poder e intereses particulares asociados. Así, por ejemplo, la muy generalizada exigencia de título de doctorado para el progreso académico y el ejercicio de la docencia universitaria encuentra su generalizado atajo en “los antecedentes equivalentes”  que, sin lugar a dudas, poseen los miembros de la tribu académica.

 

¿Acaso Jorge Luis Borges poseía título de doctor?, ¿acaso no conocemos profesionales con título de doctor que son verdaderos desastres?. Con este tipo de aseveraciones se suele dar por demostrada la ausencia de necesidad de doctorado en el sistema universitario. Cuando se presenta el caso de un profesional, miembro activo del sistema universitario dominante alcanza su título de doctor, generalmente a muy avanzada edad académica, este otrora defensor de la indiferencia en la titulación, arremete con planteos en los que los “derechos” que esta nueva situación le genera son tan inmensos como los que poco tiempo atrás despreciaba y negaba a aquellos que poseían el doctorado. A veces los artilugios para llegar al título de doctor son numerosos y mueven al estupor. También en este terreno el ocupar espacios de conducción universitaria ayudan a llegar a la anhelada titulación de doctorado. La universidad tiende a apoyar económicamente a aquellos miembros de su propia estructura en su recorrido para realizar el doctorado. Aquellos que no han obtenido su título siguiendo esta modalidad de ser parte de la estructura de poder universitaria, no cuentan con posibilidades importantes de inserción.

 

Las áreas de posgrado universitario suelen ser conducidas generalmente por profesionales que, si bien “son del palo”, no tienen título de doctorado y a veces ni siquiera de grado (en este caso la parte más cercana “del palo”). Extraña paradoja se da a nivel nacional en el que la conducción institucionalizada del sistema científico (Ministerio de CyT; CONEAU, etc), encargada de impulsar la predominancia absoluta de la calidad académica se encuentra con que sus máximos referentes, algunos presentes cuasi ad secula seculorum en los puestos dirigenciales, en la mayoría de los casos no tienen título de doctor. Y, a veces, ni siquiera titulo de grado. La UDELAC enseña a no decir nada frente a todo esto, es más, conviene estar en buenas relaciones con el sistema. La UDELAC es la voz de la experiencia, es sabia, es venerable. Sus enseñanzas fortalecen el sosiego y alimentan al bolsillo.

 

 

Los espacios se ganan peleando

 

Está expresión es habitual en la universidad. Los espacios a los que se apunta claramente son, concretamente, cargos, puestos de trabajo, distribución de recursos. Es el modelo que en la calle también instrumentado los “piqueteros” que, partiendo de una protesta genuina, han llegado a tener una conducción que se sienta a negociar en las esferas más altas del poder, muchas veces sin necesidad de ser parte formal del mismo, en otras siendo miembros del poder en algunos casos independientemente de cual sea el partido o grupo gobernante. Es el caso, por ejemplo, de los piqueteros devenidos en empresarios, que protestan y callan implacablemente según las circunstancias, articulando de manera  funcional a un ejercicio del poder político compartido. La calle enseña cuando es el momento de hablar, cuando el de callar. Cabe preguntarse si hay otra alternativa al sistema y cuál es el costo social de la misma. Lo que es seguro que esta es la estrategia, mamada en la universidad de la calle, diferente a la tradicional y aún vigente,  de “hacete amigo del juez y no le des de que quejarse”, en la que se adopta una actitud de sumisión (“el puntero”, el asistente, secretario) pero el individuo de origen humilde no llega a ser parte del poder. En las nuevas formas las protestas vehementes conducen a la negociación, al acuerdo y a la incorporación en la “repartija”. Una cuestión de ideales que van quedando en el camino.

 

En este contexto la universidad presenta su versión. En la universidad las cuestiones de control y administración son prioritarias y se encuentran corporizadas en forma de expedientes.  No es infrecuente constatar que una misma persona sea, al mismo tiempo, alumno, becario, docente, consejero y gremialista universitario (docente o no docente, según las circunstancias). Una misma persona puede participar de distintos estamentos encargados de la evaluación de las actividades (Comités, Consejos Departamental y Académico, etc) por lo que es habitual que forme parte, incluso más de una vez en el ciclo de un trámite, de comisiones evaluadoras que evalúan una actividad ya evaluada en una instancia anterior por otra comisión de la cual la misma formaba parte.

 

 

La tranza universitaria

 

La tranza es un concepto que generalmente posee una connotación peyorativa que suele estar vinculado en la negociación del voto a cambio de una promesa de otorgamiento favores. En la negociación habitualmente se realiza de persona a persona, siempre entre pocos, a veces a nivel de cúpulas de dirigentes de grupos. El voto no solo está vinculado con la elección de autoridades sino también a las distintas instancias de la vida universitaria. Es un concepto de uso frecuente en Latinoamérica que lleva hablar de una cultura “del que no tranza, no avanza” (González de la Fuente, I., 2007).

 

La cuestión del voto en la universidad argentina no es una cuestión menor. Todos los universitarios (docentes, no docentes, alumnos) están en condiciones de elegir y ser elegidos en las elecciones de autoridades menos los docentes interinos (no concursados). De esta manera, en una cultura universitaria interesada prioritariamente en la distribución de espacios de poder, se trata de atraer a cada votante y en cada elección hay múltiples intereses en juego por lo que la contienda es casi siempre muy enfervorizada. El trabajar simultáneamente en relación estrecha con un político importante (diputado, senador, ministro) recibe un reconocimiento privilegiado por parte de las autoridades universitarias (incluyendo cargos).

 

El sistema lleva a que también alumnos y no docentes tengan un papel relevante en la toma de decisiones en el ámbito de las políticas académicas y, con frecuencia, tengan a su cargo tareas de gestión en ese campo. Las máximas autoridades universitarias pasan la mayor parte de su tiempo reunidas con interlocutores de su espacio político y los encargados de la administración. Los tiempos que insume la gestión académica propiamente dicha son insignificantes.

 

Los concursos por cargos docentes pongan en juego mucho más que un puesto de trabajo pues se pone en juego la incorporación de un elector calificado para un grupo u otro. Importa, y mucho, la pertenencia o afinidad a un determinado grupo “político” al interior de la universidad (generalmente imbricado con estructuras externas, de mayor poderío aún). Con los llamados a concurso se diseñan futuros espacios de poder y todas acciones (y la ausencia de ellas) en este sentido, tienen muy en cuenta este tipo de consecuencias.

 

La importancia de la administración puede, además, corroborarse en la distribución de los espacio. El visitante a una Facultad observa que los sectores de ingreso a los edificios están dominados por la administración y, al fondo, se encuentran los espacios previstos para las actividades académicas. En la misma visita se puede observar que los sectores administrativos manejan la mayor parte del equipamiento (informática y mobiliar). A pesar de la existencia de numerosos proyectos de investigación, se destaca la (casi?) total ausencia de espacios destinados a la investigación científica, con investigadores trabajando y el equipamiento correspondiente. Es claro el nivel de prioridades implícito y que muchos, quizás la mayoría, de los empleados de las facultades disponen de mayor y mejor infraestructura en sus domicilios particulares.

 

Toda decisión de importancia suele ser resorte privativo de los sectores administrativos (contables, jurídicos), no académicos. La burocracia decide si el trámite es pertinente o si hay “obstáculos” señalados por el estatuto o el reglamento, si hay antecedentes a favor o en contra, si hay recursos financieros o no, si un trámite debe ser de rápida resolución o no (“no es cuestión de realizar acciones que no tengan el respaldo legal y administrativo suficiente”). 

 

Este dibujo del andar universitario tiene su lógica visibilidad en las prácticas de nepotismo. Los hijos de algunos no docentes, los hijos de algunos docentes, los hijos de algunos políticos suelen tener facilitado su presente y su futuro con cargos en la universidad o que el sistema puede proveer en otros ámbitos (CONICET, por ejemplo). Son pagos de favores, cobro de facturas políticas o, simplemente, presentes entre compañeros de lucha.

 

 

La construcción del currículum vitae

 

En teoría en el mundo académico la historia de los logros y capacidades de los individuos se ve plasmada en un documento denominado “currículum vitae” que cada interesado redacta en función de los avances que registra. El propósito es que estos antecedentes académicos personales reflejados en el currículum  vitae sean la base para discernir quienes están en condiciones de ocupar los diferentes puestos que hacen al progreso individual en el mundo académica. Para facilitar las cosas están siempre los atajos que ofrece  la UDELAC que  enseña que “a grandes males, grandes remedios”. Es frecuente engrosar el currículum vital con “pseudos” antecedentes para lo cual habitualmente se requiere de un “trabajo en equipo” especialmente en lo que se refiere a la producción de “papers” (publicaciones) y asistencia a congresos. Suele suceder que el “investigador”, a sabiendas de que no tiene previsto concurrir a un determinado evento académico, inscribe su participación mediante el pago de la inscripción al evento del que tenga conocimiento de su realización, en lo posible como si hubiera presentado una ponencia al solo fin de obtener el certificado correspondiente. A veces, no siempre, se envía el resumen de la presunta ponencia y, en algunos casos, se envía la ponencia completa a los fines de su publicación. Suele suceder también que un grupo de “investigadores” va intercambiando el orden de los autores cada vez que se presente una ponencia o publique un trabajo, independientemente de que cada de uno de ellos haya o no participado en sus respectivas  gestaciones.

 

El texto en inglés al inicio se propone como homenaje a esta tendencia a la que se deberían agregar las referencias bibliográficas de algunos notables imprescindibles y recurrentes que ofrecerían el necesario sustento erudito al “paper”.  

 

 

A modo de cierre

 

Que ha pasado? Acaso es la UDELAC la responsable de la situación actual de la sociedad, de la justicia, de la universidad?. Claro que no. La UDELAC solo refleja y actúa en función de muy diversos parámetros y paradigmas que constituyen el marco de referencia general para la vida cotidiana. Pero no debería ser la que modela, la que determina los principales lineamientos de la universidad o de cualquier otra institución que mantenga la pretensión de ser referente conductor de los destinos principales de la sociedad. Se pierde el rumbo cuando se trastocan los escenarios, si todo entra en el terreno de la importancia relativa, cuando la única verdad es la que nos enseña el cambalache de Discepolo.  El sistema universitario se vería muy beneficiado si respeta las características que le son intrínsecas, si logra desarrollar mas las funciones y responsabilidades que le son propias, y así comprender que, no solo en las cuestiones formales le corresponde diferenciarse de otros niveles educativos. Una universidad que asuma sus responsabilidades y tienda al ejercicio de sus posibilidades y potencialidades, lejos de ser elitista, seria mucho más útil a la sociedad.

 

El presente escrito requiere de una aclaración que resulta de necesaria presencia en atención a las sabias enseñanzas de la UDELAC. Es ella la que debe tener la última palabra y así evitar interpretaciones incorrectas. Es claro que no se puede generalizar y que lo expuesto puede corresponder a una visión extrema de una realidad que tiene gradientes. Los desvíos señalados se dan en todo el mundo y “esto no es Alemania”. El nunca suficientemente bien ponderado CONICET y todas las casas de altos estudios del país cuentan con investigadores que en su inmensa mayoría son los más brillantes del planeta, de bien ganado y sólido prestigio internacional y conductas intachables. Esto es especialmente valido para nuestra inmaculada UBA, por supuesto y, ciertamente en menor medida, todas aquellas expresiones universitarias que tuve y tengo oportunidad de conocer y participar. No hay nada que pueda superar el nivel de excelencia de la UBA, para confirmarlo basta recorrer cualquiera de los espacios de esta augusta universidad. El sistema universitario argentino funciona a la perfección, carece nepotismos y amiguismos, cada uno ocupa el lugar que ha ganado por mérito propio que, a pesar de los presupuestos insuficientes, es orgullo nacional y vanguardia mundial. Gracias a los hombres de leyes en nuestro país disfrutamos de una justicia ecuánime que a todo y a todos alcanza por igual.

 

 

Bibliografía:

 

Avni, H.; Seibert, S., 1983. La agricultura judía en la Argentina. Éxito o fracaso?. En: Desarrollo Económico, Vol. 22, No. 88 (Jan. - Mar., 1983), pp. 535-548. Instituto de Desarrollo Económico y Social.

 

Becher, T., 2001. Tribus y territorios académicos. La indagación intelectual y las culturas de las disciplinas. 253 páginas, Gedisa Editorial, Barcelona.

 

Capra, D., 2007. ¿La universidad en ruinas?. En: Historia en tránsito. Editorial Fondo de Cultura Económica ISBN:950-557-686-2, páginas 261 -328.

 

González de la Fuente, I., 2007. « “Quien no tranza, no avanza”: una aproximación etnográfica al clientelismo político en México », En: Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Número 7 - 2007, presentado el 5 enero 2007. Referencia del día 20 de abril 2008, http://nuevomundo.revues.org/document3191.html.

 

Gutiérrez, L., Romero, L., 1989. Sociedades barriales, bibliotecas populares y cultura de los sectores populares: Buenos Aires, 1920-1945. En: Desarrollo Económico, Vol. 29, No. 113 (Abril - Junio, 1989), pp. 33-62. Instituto de Desarrollo Económico y Social.

 

Morote, H., 1992. Réquiem por Perú, mi patria. Editorial Horizonte. 273 páginas, Lima. http://www.herbertmorote.com/Libros/Requiem_Por_Peru.pdf

 

Sánchez, F., 2005. M’Hijo el Dotor. Editorial: Santiago Rueda. 80 paginas.

 

Schwartz Lerner, 1986. El letrado en la sátira de Quevedo. En: Hispanic Review, Vol. 54, No. 1 (Winter, 1986), pp. 27-46. University of Pennsylvania Press